Los Errantes

Goler y Belgor eran errantes, guerreros profesionales expertos en la lucha contra criaturas no-muertas. Nunca eran recibidos con alegría en las aldeas o ciudades donde trabajaban, pues su llegada siempre significaba problemas. Pero eran necesarios, y las personas los toleraban, sobre todo porque los errantes gozaban de inmunidad y protección del rey y de todos sus vasallos.

En aquellos días, Goler y Belgor habían sido enviados a una villa llamada Villaespino. Dicha villa era propiedad de un señor muy poderoso, lo suficiente como para costear el trabajo de dos errantes. Las calles de Villaespino habían sido regadas con la sangre de muchos de sus habitantes, todos varones, adultos y sanos. Sus cuerpos siempre aparecían al amanecer en alguna plaza concurrida, con las vísceras colgando y el cuello completamente abierto. Los dos errantes tenían claro quién era el culpable, todo apuntaba a un súcubo, un tipo de demonio bastante común en los grandes centros de población; y el que las victimas fueran solo hombres y que se hubiera licuado toda su sangre, encajaba a la perfección con su modo de cazar.

Cuando llegaron a la villa, las calles estaban vacías, solo se dejaba ver el humo de alguna chimenea distante, o la luz tenue de una vela proveniente de alguna habitación. Fueron directos a la posada El Ciervo Feliz. Ya los estaban esperabando; tenían ordenes de concederles asilo con todos los gastos pagados, cosa que no agradaba al obeso posadero y su casi adolescente esposa.

Goler era mayor que belgor, hacía tiempo que había pasado los 40, su vientre era más grueso, su pelo ya escaseaba, pero su mirada seguía igual de dura, al igual que sus ojos azules, frios e inquisitoriales. Belgor por el contrario contaba con 20 años menos, era su segunda misión, sus ojos eran más inquietos, aunque a ojos inexpertos parecerían seguros y tranquilos; era alto, de constitución atlética, rasgos agradables y ojos marrones.

Goler se acercó al posadero y le pidió la cena.

     -Espera sentado en la mesa y vigila quién entra y quién sale -le dijo Goler con aire sombrío a su joven compañero.

Belgor asintió y se dirigió a la mesa no sin antes recorrer con sus ojos el cuerpo de la esposa del posadero, una pelirroja de amplias curvas y busto generoso. El posadero gruñó muy alto, tanto, que hasta le temblaron los bigotes. Goler le lanzó una mirada gélida a sus compañero, y finalmente se sentó en una mesa destartalada cerca de la chimenea central. Belgor se quedó sentado fingiendo que aseguraba las correas de su armadura negra de cuero reforzado, no sin dirigir alguna que otra mirada a la pelirroja. Goler suspiró y llevó hasta la mesa una bandeja con dos codornices asadas, caldo aguado con huesos de pollo, pan duro, y queso más duro aún. Para ellos aquello era un manjar, pues el camino siempre era duro y escaso en privilegios.

     -No deberías haberla mirado así, no queremos problemas -recriminó Goler a su joven compañero.

    -No hice nada malo, es la primera mujer joven y bella que no intenta destriparme desde hace mucho tiempo.

     -Te entiendo, pero entiende por qué estás tú aquí. Cada segundo que pasa es más probable que estemos cerca del súcubo. A estas alturas ya sabrá que estamos en Villaespino, y en cualquier momento tendremos sobre nosotros a un monstruo rabioso, aunque sin apetito, pues lleva mucho tiempo comiendo de la cocina local, cosa rara ya que no suelen arriesgarse a acunmular tantas víctimas en un solo lugar.

     -Nos ha tocado el súcubo imbécil.

     -Es un monstruo, un monstruo que te puede destripar con un sencillo giro de muñeca.

Belgor asintió mansamente y comenzó a comer con ganas. Goler barrió una última vez con la mirada la posada y acometió con ímpetu su propio plato.

Al terminar se despidieron del posadero y subieron a la habitación más amplia de que disponían. Era grande, con cuatro camas, y altos ventanales. Dejaron solo una vela encendida. Goler hizo la primera guardia.

AL FINAL DE LA CALLE



Sara era una mujer de rituales, rituales para dormir, rituales para comer, rituales para fumar, rituales para escribir, rituales para follar...

Antes de encender el portátil y comenzar a escribir sus dos horas rutinarias y nocturnas, cogía un cigarrillo rubio y lo hacia girar sobre sus dedos hasta 12 veces. Llevaba 2 semanas estancada con un cuento que se llamaba “Al Final de la Calle”, 5 minutos antes de que terminaran las 2 horas reglamentarias llevaba escrito esto:

“Laura llevaba 2 meses estancada con el cuento, no recordaba por qué había comenzado a escribirlo, cuál había sido su inspiración, o por qué de manera insidiosa y vírica había comenzado a infectar cada rincón de su cerebro haciendo que se obsesionara con él”

Sara suspiró de frustración, entendía perfectamente a Laura, ¿o era al revés?. La cabeza le daba vueltas, se encendió el cigarro rutinario al terminar sus dos horas de escritura y luego se abrió una cerveza, algo que no entraba dentro de sus rutinas nocturnas, pero sentía en las tripas que necesitaba una. Hacía un bochorno insoportable, abrió la  ventana y bajó la persiana lo justo para dejar una rendija por la que corriera el aire. Se quitó la ropa, todo menos las bragas, y se dejó caer a peso muerto sobre la cama. Le costó dormirse por el calor, pero finalmente lo logró.

La pesadilla sobrevino de repente a traición como suelen hacerlo, no había monstruos, ni muertes, incluso podría decirse que era de bajo presupuesto, pero el terror retumbaba en su pecho y frente, y el agobio y la tensión eran insufribles. Se vio a sí misma en su propia calle, una calle que no tiene salida por uno de sus lados, terminando de manera abrupta en un muro de piedra de hacía 50 años, una época en que la gente de manera ingenua creía que en el año 2000 viviríamos en Marte teniendo hijos marcianitos y bodas marcianitas. A la derecha del muro, como en el de la vida real, Sara vio la puerta de metal oxidado que daba a un solar cubierto de musgo, repleto de somieres mugrientos y  cristales rotos. Abrió la puerta, aunque no tenía consciencia de que fuera ella quien lo hiciera. Al entrar en el solar, no pudo contenerse, sintió el tibio y resbaladizo abrazo de la orina al deslizarse por sus muslos desnudos al ver una mujer con la falda subida, las rodillas destrozadas, la cara ladeada como inconsciente...aunque no, Sara sabía de alguna manera que aquella mujer estaba muerta y sobre ella una hombre la violaba, o terminaba de violarla. El hombre pareció que veía a Sara  pero no se detuvo. Sara se desvaneció de la  extenuación, rezando, aunque no creía en nada salvo en sus rituales, para que se despertara y no saltara como en otras ocasiones a otra pesadilla. Pero al despertar seguía en la pesadilla, el mismo solar aunque en él solo estaba ella. Amanecía, el frío de la mañana le subía por las piernas, y respigaba su tripa. No, no era otra pesadilla, era el solar, era el final de su calle, y el miedo dio paso al rubor y la vergüenza. Miró por la puerta que daba a la calle, y vio que estaba desierta, recordó que era domingo, nadie madrugaría y menos tan temprano, corrió acera arriba sin pensar en si alguien la habría visto. Sobre la planta de sus doloridos pies sintió cada gota, humedad, oquedad, colilla y chicle solidificado. El portal estaba abierto y también la puerta de su casa. Desde que era una cría no había tenido ningún terror nocturno que le hiciera caminar sonámbula, y menos por la calle. Sara optó por la opción mas típicamente humana de todas, ocultar y enterrar. Llenó la bañera de agua caliente y se hizo un chocolate. Se hundió hasta la nariz, la temperatura ya era alta de por sí, pero con el calor del agua, la piel de Sara se cubrió de sudor, y el sueño llegó como un ensalmo, pero se pasó una mano por la cara, apuró el chocolate, y salió del agua, se secó por encima y fue directa al portátil.

Sé que estás despierto


El chico sabe que si da la más mínima señal de que está despierto, estará perdido. Sabe que si eso se da cuenta de que él lo ha oído todo, morirá. El muchacho está tenso, arropado con su manta hasta la cabeza, exhalando aire caliente y húmedo que se acumula en el espacio que ha creado la sábana. Necesita aire fresco, pero el más leve movimiento lo delataría. Su padre y su madre lo miran fijamente, sin parpadear.

Horas antes, el muchacho apenas se había acostado. Había sido un día bastante largo: tres exámenes en tres horas, pruebas en gimnasia y, además, entrenamiento de fútbol. Todo eso lo había dejado molido. Al otro lado de la pared, sus padres veían un reality show bastante cutre. Después de mentalizarse, se durmió.

Un ruido leve lo desveló a media noche; estaba confuso y desorientado. Seguía escuchando el ruido, el cual parecía provenir del salón. Poco a poca abrió la puerta y caminó a través del oscuro pasadizo que llevaba al centro de la casa. El ruido se hacía cada vez más intenso y desagradable, similar al de los huesos al romperse. Lentamente, asomó la cabeza por la esquina. Horrorizado, descubrió el epicentro del ruido. Una masa de unos dos metros estaba de pie, inmóvil. En su mano se encontraba el cuerpo sin vida de su padre. Tenía el pecho perforado y las extremidades destrozadas. A sus pies, estaba el cadáver de su madre partida por la mitad. El muchacho sintió la necesidad de gritar, pero sabía que si lo hacía no iba a contarlo. Intentando no hacer mucho ruido, el chico volvió a la habitación y se acostó de nuevo. 

«Es todo un mal sueño», se decía a sí mismo. «Mañana todo volverá a la normalidad».

Aterrorizado, escuchó las fuertes pisadas del monstruo que acababa de asesinar a sus padres. Actuando por instinto, se tapó con la sábana y se hizo el dormido. Escuchaba cómo, poco a poco, esa cosa se acercaba. La tenue luz que ofrecía la luna le permitió ver lo que la figura hacía. Aquella cosa se quedó quieta al lado del mueble. Respiraba profunda y roncamente mientras miraba hacia la cama. El chico, haciendo un esfuerzo inhumano, contuvo sus ganas de gritar y de correr.

La sombra del Niño [Juego]


Alguna vez has deseado algo con todas tus fuerzas? Algo por lo que te atreverías a poner tu vida en riesgo? Si es asi estas en el sitio indicado.

Para jugar a La Sombra del Niño necesitarás una pelota, papel, lápiz y un teléfono.

Cuando el sol esté poniéndose tendrás que acercarte al parque mas cercano que encuentres y una vez allí deja el balón encima del tobogán. Deberás esperar mínimo hasta medianoche, así que asegurate de haber comido algo e ir descansado.

Una vez llegue la medianoche deberás evitar mirar en la dirección donde está el balón o él no aparecerá. Deberás fijar la vista en la parte del final del tobogán hasta que veas que el balón rueda hasta bajar por el tobogán. Sabrás que no ha sido el viento porque oirás que él se ríe.

En ese momento tendrás taparte los ojos y contar hasta que él vuelva a reir. Si has contado hasta cien y aún no lo escuchas vete, él no quiere jugar hoy. Normalmente a los diez segundos oirás la risa. Abre los ojos. Aparecerás delante de la entrada del parque, y delante de ti habrá un bosque que no estaba antes, no te asustes y sigue adelante.

Al rato de caminar deberás haberte encontrado balones por el camino. Ignoralos hasta que no encuentres el tuyo. Cuando estés seguro de que el balón que hay en el suelo es tuyo, cógelo. Debajo tendrá un número que deberás apuntar en tu papel. Si en algún momento de la prueba oyes un llanto, corre hacia la salida. Le has hecho llorar y si te encuentra no tendrá piedad contigo. Si consigues reunir tantos números como los que contaste al principio del juego felicidades, has avanzado una gran parte. Ahora viene lo difícil.

La Puerta Negra

Todos los días, Daniel llegaba a la misma hora a casa, a la misma hora encendía el televisor, y a la misma hora metía su cuerpo sudado y dolorido bajo el agua. Lo único que rompía su rutina desde hacía 3 semanas, eran sus nuevos vecinos, los cuales se habían mudado al apartamento de enfrente. Eran los vecinos perfectos, nunca hacían ruido, y lo mejor de todo, no lo molestaban para nada. El segundo sábado de su tercera semana de compartir rellano, un ruido como de arrastrar muebles hizo que se acercara a la mirilla. No era hombre que se inmiscuyera en los asuntos de los vecinos, pero el que fuera la primera vez en tres semanas que dieran señales de vida, fue suficiente para despertar su interés y querer conocer el aspecto de sus misteriosos vecinos. Al acercarse a la mirilla le sorprendió (en el peor sentido de la palabra) lo que vio. La puerta de sus vecinos antes blanca, ahora lucía completamente negra. Daniel se preguntó en qué momento la habrían pintado, porque cuando él llegó seguía igual que siempre, o quizás era que sencillamente no se había fijado. Pero lo que definitivamente hizo que sus ojos se agrandaran y no despegara su ganchuda nariz de la puerta, fue ver cómo llegaban dos personas, picaban a la puerta negra, esta se abría, y entraban sin emitir saludo o ruido alguno. Daniel era un tipo pragmático, de mente simple, y poco tendente a los devaneos místico/intelectuales, y mucho menos a los cotilleos de rellano, pero igualmente no podría quitarse en lo que quedaba de noche aquella imagen, pues aquellas personas, no es que fueran de negro vestidas, ni que su piel fuera morena,  simplemente no reflejaban ninguna clase de luz, era como si la luz no incidiera en sus cuerpos, y por si eso no fuera poco, del interior del apartamento vecino, todo era oscuridad salvo por una leve luz blanca e intermitente que llegaba de algún rincón indeterminado.

Al día siguiente la misma escena se repitió, otra pareja y la misma luz intermitente. Daniel, estaba contra todo pronóstico genético, asustado, pues se acababa de chocar de cara contra algo completamente anómalo e ilógico. No le hacía ninguna gracia compartir escalera con una puerta negra por la que entraba gente que luego no parecía salir. Daniel se preguntaba si el anciano casero sabía que sus inquilinos habían cambiado la puerta de color, pero en seguida barrió esos pensamientos de su cabeza, ya que al día siguiente tenía que madrugar, y la rutina seguiría su curso sin que nada se alterase. Pero la rutina nocturna también continuó, y el nerviosismo en Daniel también siguió un proceso de crecida exponencial según avanzaban los días.

El cuarto sábado se propuso salir y picar a sus vecinos, pero justo cuando iba a salir, y vio entrar de nuevo a otra pareja se detuvo en seco. Suspiró y volvió junto con la televisión y el sofá.

La noche transcurrió sin ningún contratiempo entre ronquido y ronquido, hasta que su corazón dio un vuelco. Alguien llamaba a la puerta, pero no con el timbre, sino golpeando a la puerta, pero lo que hizo que las manos se le helaran no fue tanto la llamada como el ruido, pues a parte de ser arrítmico parecía como si multitud de manos cerradas aporrearan la puerta de la calle. Se colocó la bata sin abrochar, se calzó las zapatillas, tragó saliva, hinchó el pecho y abrió la puerta sin mirar por la mirilla. Barrió lentamente con la mirada la escalera mientras se atragantaba con su propia saliva, y vio para aumento de su sudor frío, que el rellano estaba vacío. La puerta de sus vecinos estaba abierta con aquella luz blanca intermitente y débil.

Rojo cual rubí


Yo vivía al sur de California junto con mi adorada esposa Martha, 2 años menor que yo. Martha y yo nos conocimos en un viaje que tuve a Asia y desde ese momento quede hechizado por su belleza. Tenía unos preciosos ojos azules, una sonrisa tan blanca cual esmeraldas reluciendo, una piel clara y suave al contacto, era la mujer perfecta. 

Cumplíamos 3 años de noviazgo cuando decidimos juntarnos en matrimonio. Durante la celebración uno de los invitados le obsequio a Martha un collar de oro con un llamativo y grande rubí en forma de corazón, ella se vio muy asombrada por lo cual se lo puso de inmediato para lucirlo con su gran vestido blanco, pero… unos momentos después ella se dispuso a preguntarme de quien se trataba ese invitado ya que resultaba desconocido para ella. Lo describió como un hombre con facciones toscas, muy alto , con un traje de vestir y sombrero lo cual sonaba totalmente desconocido para mí , pues yo no conocía ni creía tener a un familiar o amigo con las características descritas anteriormente , por lo cual le pedí que me mostrara el lugar donde se encontraba ese extraño hombre pero extrañamente cuando nos dirigimos al lugar señalado por ella este había desaparecido en su totalidad lo cual nos causó una sensación de inseguridad a Martha y a mí , de igual forma continuamos con la celebración de todos modos hasta llegar a su término. Tiempo después los dos juntamos nuestros ahorros para así poder tener un hogar propio donde pudiéramos cumplir nuestros sueños de tener hijos y así ser una familia perfecta , pero … una sensación … una sensación de enojo y rabia se empezó a apoderar de mi unos meses después , no sabía de donde se originó exactamente , lo único que sabía era que no podía dejar de pensar en ese collar con ese gran rubí que colgaba de su cuello día a día , era como si esa pieza me hipnotizara cada vez que la veía y sentía un gran deseo a la vez de una furia desenfrenada por Martha Con forme paso el tiempo mi actitud fue cambiando con ella siendo cada vez más cortante y agresivo con ella , no lo entendía , yo la amaba demasiado para poder hacerle eso pero este pensamiento cambiaba al momento de estar cerca de ella. No encontraba una explicación cuerda que pudiera decirme porque me pasaba esto. Un día saliendo del trabajo acompañe a un amigo por unas copas pensando que esta sería una buena solución para poder omitir los pensamientos de Martha por un rato.

Estuvimos charlando un rato por lo que tome valor para contarle lo que estaba pasando , le platique como es que nuestra relación había cambiado tan drásticamente y como la trataba ahora , además de mencionarle la enfermiza adicción que había surgido en mi por ese rubí. Cesar (nombre de mi amigo) me menciono que quizás podría tener una relación el rubí con la actitud que fui tomando con Martha , que podría tener un hechizo o algo parecido, lo interrumpí diciéndole que esas eran ideas descabelladas , tome mis cosas y me fui argumentando que estaba cansado. Cesar se paró de su asiento y me grito a lo lejos

-¡Yo vi a ese hombre que se lo dio a Martha! Me detuve a escuchar esas últimas palabras, fruncí el ceño y me fui. Estaba caminando en la calle, eran la 1:30 de la mañana y debo admitir que estaba un poco ebrio pero podría jurar que lo que vi fue real Justo en la esquina de una calle se encontraba parado un hombre de aproximadamente un metro noventa, con un traje de vestir negro y un sombrero del mismo color, no podía verle la cara muy bien debido a la oscuridad de la noche, pero si pude ver claramente como este hacia una mueca de sonrisa en su rostro… una sonrisa macabra y llena de maldad que se dirigía hacia mí. 

Feto Asesino



Jaime miró por la ventana y vio que las luces de las farolas seguían iluminando una calle vacía. Se desabrochó el primer botón de la camisa, y se rascó la cara. Siempre le picaba mucho la cara cuando empezaba a salirle la barba. Llevaba dos días sin pasar una cuchilla por la cara. Abrió una cerveza y encendió la radio. Las noticias de las 9. Guerra, violencia en hogares e institutos, y una insultante cantidad de minutos dedicados al tiempo y a lo que piensan los ciudadanos de ese malévolo frente de aire invernal. Encendió el ordenador mientras en la tele seguían con una fascinante exposición de fotografías repletas de estampas hogareñas y pastelosas de los espectadores en paisajes cubiertos de nieve. Jaime era tendente a despistarse con la más mínima excusa que su mente percibiera en el ambiente, ya fuera real o imaginaria, y eso le llevaba pasando desde el parvulario, cosa que no le beneficiaba en absoluto ahora que tenía plazos de entrega que respetar y jefes con conexión directa a los chats de mensajería instantánea tan malogrados y tan dignos de película apocalíptica de serie b. Por esta serie de razones tan lógicas, el grito de un gato callejero hizo que se levantara del asiento y se dirigiera a la ventana. Era una práctica común en él, y siempre con el mismo resultado, pues nunca lograba encontrar al dueño del grito. Pero esta vez, para su sorpresa, sí se encontró con algo, aunque no con un gato, sino con una mujer vestida de chándal volviendo de la calle sin salida donde se encontraban los cubos de basura. Por norma general, Jaime no haría caso de tal escena, ya que poco tenía de interesante que alguien tirara la basura, aun cuado la cara de la mujer estaba pálida, y caminaba con las piernas desmesuradamente arqueadas...aunque bien mirado, la escena sí que era rara, y como ya dijimos, Jaime era alguien muy predispuesto a dejar las tareas en tiempo muerto y dedicarse a temas mucho más inmediatos y vulgares, como hurgar en los desperdicios de una mujer siniestra. Así que se reabrochó el último botón, bajó con cuidado las escaleras, observó que nadie paseaba por la calle, (aunque el único personaje raro de la calle en ese momento era él mismo) se paseó de manera casual, pero más casual hubiera sido, si se le hubiera ocurrido bajar con una bolsa de basura, algo que por supuesto se le ocurrió en ese instante e hizo que una punzada derribara los últimos ladrillos de su autoestima en esa gesta nocturna.

''Seré gilipollas...'', pensó, y no le faltaba razón.

Revelaciones


Gijón 20/8/2017 H: 22:00 / Duración grabación de la 01:58

Mi nombre es Lucas Álvarez Mayado y voy a dejar constancia en estas grabaciones de todo lo que me ocurra a partir de ahora. Son las diez de la noche, acabo de salir de la casa de mi made en Gijón. He ido a su casa porque me dejó un mensaje en el contestador de mi móvil diciéndome: “Ven a casa, tenemos que hablar, es muy importante”. Al llegar a su casa encontré una nota en papel sucio al lado de un cenicero cubierto de colillas. En la nota traía escrito: “He salido”. Pero la letra no es de mi madre. A los dos minutos de llegar me llama un número oculto. Era mi padre, hacía 20 años que no sabía nada de él. Me dice: “Ya sabes quién soy, ni se te ocurra llamar a la policía (dicho esto oigo los sollozos de dos mujeres, sus voces son las de mi madre Laura y mi esposa Inés, él sigue hablando) un día te dije que ojala algún día sintieras todo el dolor que tu madre y tú me habéis causado, pues bien, hoy es ese día ¿Recuerdas Villa Pedrosa? Seguro que sí. Aquí te esperamos, no tardes en llagar a la reunión familiar”. Villa Pedrosa es el pueblo donde solía veranear cuando era pequeño. Ahora estoy en el coche y me dirijo hacia allí. Cuando llegue volveré a grabar. Si me ocurriera algo espero que estas grabaciones lleguen a alguien. Iré guardando cada audio en un archivo digital online. Estoy muy nervioso…no sé que me encontraré allí.

Alrededores de Villa Pedrosa 20/8/2017 H: 23:35 / Duración de la grabación 00:45

Acabo de llegar a Villa Pedrosa. Hacía casi 30 años que no venía hasta aquí. El pueblo está completamente abandonado. Está todo comido por los árboles y la hierba, aunque parece que los árboles y toda la vegetación están podridos. Todo apesta. No he podido seguir en coche. Tendré que ir andando a partir de aquí. Recuerdo que la casa de mis abuelos está al final de la calle principal con una valla que rodea todo el terreno hasta la orilla del río.


Villa Pedrosa 20/8/2017 H: 23:55 / Duración de la grabación 00:40

Tengo que hablar muy bajo. Cuando llegué hasta la valla casi vomito y perdí tiempo en reponerme. La valla está oxidada y cubierta por bolsas de plástico con trozos de cosas dentro chorreando sangre. El olor es insoportable. El prado está lleno de cercos con formas extrañas hechas con lo que parecen ser barras de metal y huesos de animales. Vi salir del cobertizo del terreno de arriba a mi padre…casi no lo reconozco. Llevaba con él una bolsa como las de la valla, luego se fue hacia la parte de abajo que da al río. Ahora estoy en el garaje, intentaré entrar desde aquí a la casa.


Villa Pedrosa 21/8/2017 H: 01:30/ Duración de la grabación 01:00
 
Entré en la casa por la puerta del garaje que da al pasillo de la casa. Escuché ruido en el desván así que fui a la salita que es desde donde se puede acceder con una escalera plegable. Subí y me encontré…me encontré a mi madre en el suelo con los ojos quemados y el vientre cubierto por una sutura enorme. Inés estaba a su lado conmocionada, llena de moratones y herida en el tobillo derecho con marcas de mordedura. Me acerqué a mi madre, aunque ya lo sabía comprobé el pulso, estaba muerta. Oímos pasos en el salón y escuché a mi padre reírse y gritando “Feliz, familia feliz, ¡Me encanta todo esto!”. Ayudé a Inés para que saliera por la ventana que da al tejado. Cuando iba a salir yo, vi la cabeza de mi padre apareciendo por la trampilla, pero enseguida salí al tejado y cerré la ventana. Bajamos por el tejado del garaje y de ahí al suelo. Íbamos a salir por la puerta de la valla, pero mi padre salió por la puerta que comunica el pasillo con el garaje. Bajamos todo lo deprisa que pudimos al cobertizo de abajo en el río. Hay herramientas, cosas viejas que podemos usar, creo, para defendernos.

A los pies de tu cama

Recomendacion, leer de noche.



Hola, ¿cómo estás? ¿Sosegado y tranquilo? Pues… prepárate, porque hoy no es una de esas noches en las que crees que irán como las demás.

Posiblemente te dispongas a ir a la cama a sumergirte en tu propio mundo; meditar, relajarte… Hasta allí todo bien, pero ¿qué ocurriría si en lugar de sumergirte en tu propio mundo, te sumergieses en otros?

Quizás ya estés tumbado en tu cama, con la intención de escuchar la radio, como sueles hacer habitualmente. Posiblemente hayas tropezado con ese programa sobre misterio que tanto te cautiva; sin embargo, te muestras escéptico cuando te introducen en el mundo de los espíritus. ¿De verdad crees que todo es producto de nuestra imaginación? ¿Te atreverías a comprobar si eres tan escéptico como tú piensas?

Mira a tu alrededor. Supongo que te encuentras completamente a oscuras. ¡Ni se te ocurra encender la luz!, y si ya la tenías encendida… apágala. Vamos a comprobar hasta qué punto le eres fiel a tus creencias. Hagamos un trato: si eres capaz de no sentir miedo durante todo el relato, podrás ser libre y seguir sin creer en fantasmas, pero, de lo contrario, si en algún momento sientes que se te eriza el vello, tu pulso se acelera y un escalofrío invade tu cuerpo hasta el punto de quedarte totalmente inmóvil, amigo, entonces estarás condenado a creer en fantasmas para toda la vida. Te perseguirán allá donde vayas y no volverás a pensar como antes. ¿Te apetece que juguemos?

Con la luz apagada, relájate y déjate llevar por mi voz, esta voz que atrapa tu mente. Estás tranquilo, relajado, sumergido en unos profundos pensamientos. La temperatura es agradable, ni frío, ni calor. Todo parece transcurrir con normalidad, ¡o eso crees!…

Mira hacia los pies de tu cama. Allí no hay nadie, pero… ¿no has sentido alguna vez la sensación de que alguien o algo te está observando fijamente con la intención de violentar tu tranquilidad? ¿Verdad que tienes el presentimiento de que algo está a punto de ocurrirte… y no precisamente agradable?

No apartes la vista de allí. Observa durante unos momentos esa parte de tu cama. Quizás comiences viendo sus pequeñas manos, que se van apoyando a tus pies, unas manos blancas, muy pálidas y huesudas que se agarran a la cama con la intención de incorporarse. Luego distingues lo que parece ser una cabellera negra… ¿Qué será? O mejor dicho, ¿quién será?… Imagínate sus ojos completamente blancos que te examinan fijando su mirada amenazante en la tuya, consiguiendo que empieces a sentir verdadero pánico. ¡Sí!, ¡está sucediendo, no es tu imaginación! Ni se trata de un sueño. La angustia y el terror se están apoderando de tu mente y no eres capaz de dominar la situación. Te preguntas qué está ocurriendo. No logras entender qué puede ser aquello; tu inquietud te lleva a volver a observar lo inexplicable.

Delincuencia

ADVERTENCIA: Lo Que Se Publica En Esta Pagina, Tiene El Fin De Entretenimiento.
La sigiente historia no se recomienda leer para personas moralistas o de mentes debiles.
Contiene descripciones graficas y sexuales, No nos hacemos responsables por daños mentales.



Hace como siete años me llegó este mail, que la verdad me dejó muy mal, puesto que las cosas con la inseguridad en el país empezaban a ponerse peor de lo que estaban antes, y la violencia no ha parado de crecer. En lo personal, al momento de leerlo lo creí por completo, porque vivo en México y he escuchado testimonios de personas cercanas que no se alejan mucho de esta historia. Cuando esto alcanzó grandes proporciones algunos medios locales realizaron supuestas investigaciones, descartando la veracidad de los hechos aquí descritos. Bueno, en su momento causó mucho revuelo y especulación, y al final la gente no supo si era cierto o no, porque ¿acaso los medios no podían estar también comprados o amenazados? ¿No tendrán los medios o estas mafias la capacidad de fabricar o desaparecer evidencia y testigos?

Dejo a su criterio el creerlo o no, pero lo que sí sé es que, si las cosas no sucedieron tal cual se describen aquí, sucesos como estos sí pasan todos los días y no sólo en mi país, sino que en muchas partes del mundo.

A continuación lo transcribo tal cual lo copié del mail.

ALERTA CIUDAD DE PUEBLA!!!

Por medio de este e-mail queremos contar a todos los poblanos lo que nos sucedió en la FAYUCA que esta junto a la CAPU (Central de Autobuses de Puebla).

El día 18 de febrero del 2006, Miguel Ángel Montes Peralta, Mariana González Blok (novia de Miguel Ángel) y (yo) Agustín Montero de la Fuente fuimos a la fayuca con la intención de comprar un Xbox 360, pues nos habían dicho que era posible que ahí lo encontráramos mas barato.

Llegamos al primer estacionamiento de la fayuca a las 10:30 am aproximadamente y estaba lleno por lo cual nos dispusimos a pasar al segundo que esta más atrás y en un segundo piso. Nos bajamos y regresamos por un acceso a la fayuca para buscar algún puesto donde comprar el videojuego.

Mientras buscábamos, un individuo se acerco a nosotros y pregunto que estábamos buscando, a lo que le contestamos que un xbox 360, e inmediatamente nos dijo síganme yo se donde se los dan “mas vara” o sea, mas barato.

Al llegar al puesto no vimos nada fuera de lo normal (solo muchos individuos con cara de delincuentes), pero eso es normal ahí. Nos mostraron el Xbox en cuestión y si nos dieron un descuento con respecto al precio que se puede encontrar en el Palacio de Hierro, Liverpool, etc. Y Miguel Ángel cerro el trato sacando su cartera y pagando en efectivo.

Nos dispusimos a regresar al auto por medio del acceso de escaleras que hay en la parte de atrás de la fayuca, cuando de pronto 6 individuos armados nos llevaron a punta de pistola, golpes y amenazas hasta una casa de esas de tres pisos que hay atrás de la fayuca. Cuando entramos vimos infinidad de contrabando y lo que parecía ser una narco tiendita pues tenían muchas bolsitas con polvo blanco y marihuana en lo que se dice cuetes (son como grandes cigarros pero de periódico).

Me pusieron en una habitación y me amarraron en una argolla empotrada al piso (lo que me hizo suponer que lo que estaba pasando ya había pasado antes), después cerraron la puerta y pude escuchar que agarraron a Miguel Ángel y le pidieron las llaves de su camioneta, después le pegaron hasta cansarse, y no escuche mas su voz como en un lapso de 6 horas, me preguntaba, ¿que habrían hecho con Mariana?. Eso solo lo supe después, pero quiero seguir contando los acontecimientos en el orden que sucedieron.

Pasó un lapso de tiempo enorme sin saber que sería de mi y de mis amigos, solo escuchaba que esporádicamente entraba y salía gente y no se distinguía bien que decían. Había una pequeña ventana por la que entraba luz, y veía con horror como poco a poco el haz de luz que entraba por ella se iba poniendo de color azuloso, indicador de que pronto iba a obscurecer.

Mientras la angustia se apoderaba de mi, escuche como entraba un grupo de personas, que cerraba la puerta de un azotea y subían unas escaleras que pasaban por arriba del cuartito donde estaba yo.

Empecé a oír los gritos de Mariana, que angustiada decía “no por favor no!” Mezclados con risas y golpes contra el piso y las paredes. Yo no podía creer lo que nos estaba pasando, no podía ser real.

Después de aproximadamente una hora de gritos ahogados de mi amiga y risas sordas de los delincuentes hubo un lapso como de 10 minutos de silencio, de pronto se escucho como bajaban las escaleras en tumulto aquellos individuos y se abría la puerta metálica de mi pequeña prisión, dos de los individuos me empezaron a golpear en el piso con una saña que jamás había visto hasta el punto que quede inconsciente. No se cuanto tiempo habré quedado desmallado, lo único que recuerdo es que abrí los ojos y vi a Miguel Ángel a mi lado, con la cara bañada en sangre y sin ojos, estaba semiconsciente y le decía “no te preocupes wey pronto se van a cansar y nos van a tirar por ahí y vamos a ir a nuestras casas” pero yo sabia que eso no iba a ser así, Miguel Ángel angustiado me preguntaba porque no podía ver nada y le decía que el cuarto no tenia ventanas y que no había luz, yo trataba de tranquilizarlo, el saber que no tenia ojos habría acabado con su moral en esos momentos.

Pasaron, lo que yo creo, como 10 horas y no pasaba nada, hasta que escuche el sonido de aquella puerta abrirse otra vez y el tumultuoso sonido de varias pisadas acercándose al cuartito donde nos tenían encerrados, se abrió de un golpe y un individuo moreno pintado de güero me recibió con una patada en la nariz, la cual me la destrozo por completo, me desamarro y después me esculco buscando mi cartera, cuando la abrió en sus manos vio mi tarjeta de debito bital y mis tarjetas de crédito de banamex y de banorte, me pidió los NIPs, los cuales se los di sin objetar, lo único que quería era salir de ahí. Después de que le dije los números secretos me amenazo diciendo que si lo estaba engañando iba a matar a Miguel Ángel y a Mariana, que sería mi culpa si los mataban.

Le dije que no estaba jugando que sabia que esto era en serio y que lo unico que quería es que ya se acabara esta situación. Me dio un zape con la mano abierta y lanzando una sonrisita burlona y añadiendo “mas te vale pendejin, mas te vale…”. Paso aproximadamente una hora cuando regresaron, fueron directamente a buscarme enojados, porque no había saldo en la tarjeta de Banamex, les dije que no era rico que apenas tenia saldo de $30 mil pesos entre las dos tarjetas. Me pegaron hasta quedar inconsciente nuevamente. Al parecer ya era la
madrugada cuando desperté se escuchaba que había una fiesta en el interior de la casa, se escuchaba cumbia a todo volumen y risas, me acerque a la puertita y vi por debajo del quicio de la puerta a mariana amarrada en una mesa de centro de sala, estaba desnuda y parecía que estaba fuera de si, con la mirada perdida en el techo.

El Violinista en el Tejado

(Imagen de una pelicula, del mismo nombre)

Solía tener un amigo, lo más cercano a un hermano, pero casi no conocía sus vivencias personales, lo que hacía en casa, sus hábitos, sus costumbres… era muy reservado en esos aspectos, no se los contaba ni a su novia con la que ya tenía más de diez años de estar con ella. Eran una pareja feliz, con sus peleas normales; de vez en cuando acudía a mí para que le aconsejara, a pesar de que se conocieron cuando comenzaron la primaria y la conocía bastante mejor que yo. Se amaban, pasaban mucho tiempo juntos y se reían de todo, Dante era bastante amable y risueño, despreocupado hasta cierto punto, siempre tenía mil maneras de solucionar las cosas… pero bueno, ese no es el tema, la razón por la que publico esto, es por si acaso, Dante, estas leyendo esto en algún lado, quiero decirte que tu desaparición causo mucho pesar.

Tu madre se encuentra en el hospital psiquiátrico debido a tu diario que a continuación transcribiré del papel a la computadora, no quiero que algún otro Dante se identifique contigo y acuda rápidamente a tu llamada; tu padre está encerrado en su casa, sólo sale para ganar algo de dinero y no morir de hambre, ya no contesta llamadas ni abre el correo y tu bien sabes que era algo por lo cual tu padre tenía una extraña obsesión; tu mujer sigue yendo a “su parque” y te espera hasta ya bien entrada la noche, tiene unas ojeras que ni tú lo imaginarías.

Hago esto porque no veo que alguien de tus seres cercanos esté haciendo algo por encontrarte después de cuatro años de extravío ya que te toman por hombre muerto, sin embargo, estoy seguro que sigues en algún lado del mundo ya que, como sabrás, hace unos días recibí una carta tuya con una página de tu diario fechando el 4 de Septiembre del 2012. Antes de poner el diario, quiero añadir algo para los lectores que creen que no tienen nada que ver con esto o que realmente no tienen absolutamente nada que ver con esto: Dante es un hombre, en la actualidad de veinticuatro años, alto (1.87), complexión normal (deberá pesar unos 75KG), castaño rojizo claro, sonará raro, pero tienen los ojos café claro con tonos muy tenues violetas y estoy seguro, aunque esa haya sido la causa de su desaparición, que sigue tocando violín. Si lo han visto o saben algo de él mándenme un correo a esta dirección lamp_0991@hotmail.com.

Una última cosa antes del diario: toda la familia de Dante tenía bien inculcada la afición por llevar un diario, por lo tanto, aquí van algunas páginas del diario de la señora madre de Dante, del padre y de el mismísimo Dante, ahora puedo proseguir con el “aviso”, o “historia de terror”, o “carta para encontrar a alguien”, o como sea que se tome esto, que bien se podría tomar como las tres al mismo tiempo.

Nota: sólo pondré las páginas o las partes importantes de los diarios, tampoco voy a transcribir los cincuenta tomos de diarios que tengo. También, muchas páginas de los diarios de Dante les hice unos arreglos, no serán textuales. No creo que quieran intentar descifrar la ortografía y la gramática de un niño de seis años.



“7 de Enero de 1988

                Estoy emocionada, por fin nació mi hijo, es tan diminuto que podría decir que su cuna es toda una casa para él. Se llamará “Dante”, sus ojos tienen un brillo violeta y a pesar de que se ve muy lindo con esos ojos poco comunes que tiene dan hasta un poco de miedo. Creo que “Dante” es un nombre perfecto para él, ya lo comentaré con mi esposo, por ahora me siento muy cansada y aunque emocionada por haber sostenido a mi hijo entre mis brazos por primera vez, mis ojos se cierran solos, ¡gracias a Dios estoy viva y todo salió bien en el parto! Buenas noches.”



“13 de Marzo de 1991

                ¡Ya balbuceas frases completas! Tu frase favorita es “tengo hambre”. Te emocionas mucho con la música clásica, especialmente Bach, Handel y Paganini, aún no te pongo a Brhams, y ¡espera a que escuches las cuatro estaciones de Vivaldi! Sé que te gustarán mucho (…)”



“29 de Mayo de 1991

                Comienzo a notar que sólo te emociona la música que tiene como voz principal un chelo, una viola o un violín, ¿por qué será? (…)”



“7 de Febrero de 1994

                Hoy vuelve a ser mi primer día de clases después de algo llamado vacaciones, ¿qué se hace en las vacaciones? No lo entiendo, no tiene chiste, estoy todo el día en mi casa como cuando no iba a la escuela, a veces salimos al mercado o me llevan a tomar nieve ¿no se supone que en vacaciones tienes que cazar vacas? Sólo quiero que sea de noche, me gusta escuchar música (…) estoy emocionado, por primera vez en este tiempo de escuela se acercó una niña a hablarme, se llama Arleth, es nueva, recién entró después de vacaciones, es bastante linda me ayudó en matemáticas, me explicó que hacer una operación no es una operación para curar una enfermedad, sino que es resolver un problema matemático, o algo así (…)”


“15 de Junio de 1994

                Hoy fue un día horrible, Arleth no fue a la escuela, no tengo ganas de escribir, sólo espero que den las 10:00 de la noche para volver a escuchar música… ¡ADIÓS!”

“10 de Agosto de 1994

                Pasé a segundo de primaria, ya soy niño grande, no puedo esperar a entrar a clases la semana que entra para ver a Arleth, me gusta mucho jugar con ella en los columpios del patio a la hora del recreo, me gusta mucho ver como se mueve su cabello largo al ritmo del columpio (…) la música de anoche estuvo genial, espero que hoy sea aún mejor.”

“30 de Agosto de 1995

                Hoy llevo cuatro días de novio con Arleth, le cargo su mochila todos los días a la salida y la acompaño hasta su carro, mi mamá me felicitó por tener novia aunque me da pena. A Arleth sólo le pidieron que no descuidara sus estudios por mí. Estoy pensando en invitarla a casa para que escuche la música conmigo en la noche, es genial como suena el violín (…)”



“2 de Noviembre de 1995

                Hoy dejaron que Arleth se quedara en casa a dormir por el día de muertos* y mañana que mi padre nos llevara a la escuela. Estoy enojado porque Arleth dijo que no escuchó nada cuando comenzó la música, siento que lo hace por jugar, me dijo que no escuchaba nada de música pero que se sentía intranquila y se fue al cuarto de visitas que está hasta el otro lado de la casa, yo creo que más bien le dio miedo que descubrieran que se había pasado su hora de dormir, ella se acuesta más temprano que yo. Siento que ignoró mis gustos por completo, jamás la traeré de nuevo a la casa en la noche. Me siento triste porque me ignoró, pero a pesar de eso la música estuvo genial. Buenas noches.”

*el día de muertos es una celebridad que se festeja el 2 de Noviembre en México para honrar a los muertos con un altar.


Pasemos más delante en las páginas de los diarios, realmente lo único importante en los siguientes años es que Dante sigue mencionando la famosa música nocturna.


“24 de Octubre de 1999

                Sólo tengo una cosa que decir: estoy muy enojado y confundido. Hoy le dije a mi mamá que todas las noches desde que tengo memoria escucho a alguien que toca muy bien el violín afuera de mi cuarto y ella me dijo que no era cierto eso, que en caso de ser así ella también lo escucharía ya que vivimos en la misma casa, pero yo sé que lo que escucho es igual de real que yo, ahora siento que lo que Arleth decía de que no escuchaba nada era cierto… pero no sé, ¿y si soy yo el único que lo puede oír? ¿o si me están jugando una mala broma? ¿o si realmente me lo estoy imaginando? No sé que pasa. En fin, ya quiero que sea mañana, tengo que ver a Arleth, la extraño mucho, se fue de viaje y volvió hoy, mañana ya irá a la escuela (…)”


“24 de Octubre de 1999”

                Hoy Dante me comentó que todas las noches desde hace mucho escucha a alguien que toca violín afuera de su cuarto, hoy me dispongo a esperar a ese alguien afuera de la ventana del cuarto de Dante, dudo que sea cierto, pero si mi hijo lo dice es que puede existir la posibilidad, sino tal vez sólo sea que tiene muchas ganas de aprender a tocar violín, pienso en meterlo a clases como regalo de cumpleaños en unos meses y obviamente, también regalarle un violín (…) Volví de la ventana del cuarto de Dante, no sé, pero a la hora que él dice que hay alguien tocando violín fuera sólo siento una especie de inseguridad y miedo estando fuera ahí sola, mañana le diré a mi esposo que me acompañe. Mi día (…)”


“25 de Octubre de 1999

                Mi esposa me pidió salir afuera del cuarto de Dante ya que mi hijo dice que alguien toca violín afuera de su cuarto todos los días a las 10.00PM, hacía mucho tiempo que no tenía tanto miedo. Miedo es lo único que se escucha estando ahí afuera a pesar de estar con Lidia, algo me hace tener miedo, no sé que, es un miedo irracional, estoy seguro que sólo es la mentalización y sugestión de la mente humana, como el violín es un instrumento que transmite misticismo, o por lo menos en muchas culturas antiguas se veía así y se le conoce así en la actualidad, el pensar que hay alguien que consigue entrar a la casa y llegar hasta afuera de la ventana de mi hijo y tocar violín ahí sin que nadie lo escuche puede causar horror. A pesar de ser psicólogo, no soy inmune a los trucos que la mente pueda jugar, sin embargo puedo encontrar una explicación lógica para ello y las únicas opciones que me quedan son dos: o Dante sufre de alucinaciones auditivas desde hace mucho lo cual es poco probable porque sus exámenes mentales resultan sanos, o simplemente tiene tantas ganas de tocar violín que escucha lo que quiere. Mañana mandaré a hacerle un análisis mental a mi hijo.”


“27 de octubre de 1999

El Taxista (Leyenda)



Aproximadamente hace 7 años el primo de mi cuñado murió en un trágico accidente automovilístico tenía 16 años se llamaba Héctor era de el Llano Guanajuato. Cuenta un taxista de Tarimoro Guanajuato que subía gente para el llano ya que eran más o menos 30 minutos de camino.

Una noche un muchacho le pidió un aventón para su casa el taxista estaba de acuerdo ya que eran casi las 9 de la noche, el taxista relata que el muchacho no hizo platica en todo el camino cuando llegaron a el Llano el muchacho le dio direcciones de donde vivía el taxista llego a su casa, cuando se abajo le dijo al taxista que esperara para pagarle, después de 20 minutos el taxista ya estaba cansado de esperar así que toco la puerta donde vio el muchacho meterse le abrió una señora y le pregunto que se le ofrecía, el taxista dijo con un muchacho de pelo cafe y chamara negra le dijo que le pagaría ya que lo había traído hasta aquí, la mujer asombrada le dijo al taxista que se pasara y fue cuando la mujer le pregunto que si era el (le mostro una fotografía),  el taxista dijo que si la señora dijo que era su hijo y había fallecido hace unos meses en la carretera rumbo a tarimoro el taxista se fue espantado y nunca volvió a llevar gente al llano.


Historia envía por - Estrella Guzman

En el bus | On the Bus


Las calles, caminos y carriles polvosos de Colombia han sido territorio fértil para mitos y leyendas incluso antes de la llegada de los españoles. Se habla de cuentos como La Patasola, un alma en pena de una pierna que está por siempre en la búsqueda de su hijo, y como El Duende, un trasgo con las piernas invertidas que conducía a viajeros a su perdición, perturbando por siglos su tranquilidad. Aunque estas historias principalmente inquietaban a aquellos que circulaban o residían en áreas rurales, el crecimiento de las ciudades trajo consigo un florecimiento de leyendas urbanas cimentadas en la desconfianza que todavía albergamos en algún lugar dentro de la tecnología moderna. Un ejemplo de esto es el bus fantasma que presuntuosamente merodea las calles de la ciudad por las noches. Según se relata, mujeres jóvenes que lo abordan desacompañadas son encontradas mutiladas en campos de la periferia unos días después; una mirada irreparable de profundo terror ilustra el momento de su último y atormentado aliento.

Con eso dicho, dado a que ciertamente no eres una jovenzuela —al menos no la última vez que revisaste— y son las cuatro treinta en un martes por la tarde, buses fantasmas y duendes minusválidos son la última cosa en tu mente. Has estado usando el sistema de transporte público de Bogotá por más de dos décadas y tu mayor preocupación es que los niveles de tráfico han sido todo menos manejables desde que el último alcalde tomó el cargo. Sin embargo, tu casa está a ochenta bloques de distancia, así que tu única opción es esperar hasta que el bus correcto llegue. Caminar seguramente tomaría más que lidiar con algún embotellamiento.

Cuando el bus mostrando la señal de ruta que esperabas se asoma, su tarifa es doscientos pesos más baja que la cobrada estos días. Indicio de que el vehículo en cuestión es más antiguo y un poco menos confortable que la mayoría, pero a ningún conductor de buses en la historia le ha importado un comino eso. Ciudadanos que se consideran más ricos y «por sobre» este medio de transporte pagan siete veces más por ser paseados en un taxi, exponiéndose estadísticamente a mayores probabilidades de ser asaltados. Más poder para ellos, ¿eh?

Como nunca eres alguien que deja ir la oportunidad de conseguir más descuento, le preguntas al conductor si te llevaría solo por mil. Los ojos del hombre ni se apartan del camino en lo que toma tu billete y lo desliza en el monedero colgando de la palanca de cambios. Satisfecho, diriges tu atención a la cabina; lo que haría este viaje ideal sería un asiento desocupado.

Curiosamente no hay suficientes pasajeros como para que alguien tuviera que ir de pie. Unos cuantos asientos disponibles a la vista, así que escoges uno en la izquierda, por el centro del bus. Tanto el asiento del pasillo como el de la ventana están libres, y suspiras agradecido en lo que te recuestas sobre uno con tu pierna descansando en el otro. Este viaje no debería llevar mucho.

La radio del conductor está apagada y la batería de tu celular murió hace una hora; sin nada más que hacer pasas el rato viendo por la ventana, observando vendedores ofrecer su mercancía y conductores moviendo su cabeza al ritmo de cual sea la música que escuchan. 

La posición que tomaste rápidamente comienza a volverse incómoda para tu espalda, entonces te enderezas y te das un momento para examinar a tus compañeros de viaje. 

Ninguno de ellos parecen estar viajando juntos, dado que todos están en silencio mirando al frente del bus. Son también inusualmente viejos —no en el sentido de que tienen más de cien, pero en que ninguno parece tener menos de sesenta y cinco—. Encuentras esto un poco extraño, y por un momento la idea de que no perteneces ahí se dispara en tu mente. 

Es un pensamiento tonto, pero combinado con el particularmente fuerte —aunque no necesariamente atípico— olor a moho y metal te hace esperar impaciente el final del viaje. 

Como restan todavía otros treinta o cuarenta bloques, vuelves a mirar por la ventana y dejas que tu mente fluya por un tiempo.

El anuncio de la Pastelería de Pacho te saca de tu ensueño veinte minutos después. Te levantas y haces tu camino a la salida posterior, donde buscas por el pequeño botón plateado que le hará al conductor saber que has llegado a tu parada. Cuando lo encuentras bajo la puerta, notas que nadie ha abordado ni salido del transporte desde que te subiste. Dejándolo a un lado como otra extraña coincidencia, presionas el botón y te agarras de la

Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

Qué… ¿qué acaba de pasar? Miras alrededor y distingues que todos están sentados como hace un segundo. Tratar de hacer contacto visual con ellos es inútil, parecen estar perdidos divagando en lo que sea que sus viejas mentes divaguen. La necesidad de decir algo te llega, pero escoges permanecer silente. ¿Qué dirías, de todas formas? Estabas probablemente tan sumido en tus pensamientos que de seguro imaginaste haberte levantado a sonar la campana del conductor. Sí, tuvo que ser eso. Además, estás dos bloques tras tu parada, debes bajar del bus. Te levantas una vez más y te diriges a la salida trasera, algo intranquilo por el estoico desinterés de los otros pasajeros de lo que ocurre a su rededor.

Ahí está el botón, justo donde recuerdas que estaba. Excepto que no puedes recordarlo, por supuesto, pues nunca has estado realmente aquí atrás; quizá lo viste de reojo cuando entraste al bus. Tras agarrar el pasamanos —estos conductores ocasionalmente paran al mero instante que suena la campana—, pones tu pulgar en el botón

Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

Un frío desgarrador recorre tu espalda, que no decae, y en su lugar se esparce a través de cada una de tus extremidades. No es un cambio de temperatura en tu cuerpo o el ambiente, es el escalofrío que sientes cuando de pronto eres consumido por ese miedo que ligeramente precede al terror. No sabes exactamente qué ocurre, pero te quieres ir, ya no quieres seguir ahí ni un momento más. Un sentimiento de amarga soledad ahora está royendo tu mente; lo que sea que estas persona a tu alrededor piensan, claramente no les interesa en lo absoluto lo que está pasando contigo.


Por lo tanto, una vez más decides guardar silencio y solo levantarte de tu asiento, obviando el hecho de que lo hiciste con menor agilidad con la que normalmente lo hubieras hecho. Lo único que pretendes en este momento es salir del bus. Además, ya ha avanzado más de diez bloques pasada tu calle, una distancia desagradablemente larga para caminar.

En lo que reanudas tu trayecto hacia la parte trasera, una mujer anciana en las últimas filas voltea hacia ti. Su expresión no te dice nada, pero la manera en que te mira —en tu torso, para ser precisos—, como si fueras solo otra parte del vehículo, llevan más allá la casi abrumadora sensación de terror ahora corriendo por tus venas. La ignoras, no puedes entrar en pánico, no ahora. Te paras en la parte trasera del bus y en lugar de ir por el botón, le gritas al conductor. Le dices que pare, que te deje ir, que ya has sonado la campana dos veces; pero nada viene de él. Lo maldices, le dices de qué morirá y deseas que males terribles caigan sobre su ser, pero la puerta continúa asegurada. El hombre no está escuchando. O no le importa. O no quiere que te bajes. Pero a ti no te interesa lo que él quiere o no, así que te agarras del pasamanos, das un paso atrás que te da impulso, y tiras una sólida patada directo a la columna de bisagras que

Estás acomodado en tu asiento, tu vista dirigida hacia el frente del bus.

Ceguera



El despertador gritó, molesto e insistente. El hasta hacía medio segundo durmiente sacudió la cabeza, con ese pequeño susto que recibimos al despertarnos, y que se desvanece tan rápido que casi nunca lo percibimos. Todavía en la frontera de la vigilia, estiró la mano y apagó la alarma, y agradeció a varios panteones de Dioses por el maravilloso silencio.

Volvió a su posición de feto y pensó el diario “cinco minutitos más”, pero la parte adulta de su cerebro lo obligó a intentar levantarse. Retozó por unos segundos en su cama, regodeándose en el calor casi maternal de las frazadas. Gozó enormemente, bostezó y se estiró hasta el hartazgo.

Abrió los ojos y se los restregó un poco, a la vez que bostezaba. Con la oscuridad que reinaba en el cuarto, era prácticamente lo mismo tener  los ojos cerrados o abiertos.

¿Prácticamente? Era exactamente lo mismo. El recién despierto cerró y abrió los ojos, viendo exactamente lo mismo: nada. No fue consciente de esto, porque siempre dormía con la ventana cerrada a cal y canto; le disgustaba muchísimo la luz a la mañana.

Con una lentitud extrema se levantó, y sufrió un par de escalofríos mientras abandonaba el útero caliente que representaba su cama a esas horas de madrugada. Maquinalmente se dirigió hacia la puerta, esquivando los escasos muebles que había en su camino con la destreza de la costumbre. Su casa estaba perfecta: silenciosa y oscura como una tumba. Siempre bromeaba con que seguramente había sido vampiro en otra vida.

Se calzó las pantuflas, y sin prender la luz salió de su habitación. Se dispuso a atravesar el comedor para dirigirse al baño y hacer sus necesidades (a pesar de la incómoda y también diaria erección que tenía). Caminó entre las sillas y la mesa sin ver, y entró al baño, más frío que de costumbre. “bueno, después de todo es invierno” pensó mientras orinaba dificultosamente.

Apretó el botón, y el ruido fantasmal del agua yéndose quebró el silencio. Se dio vuelta y se lavó la cara, estremeciéndose cuando sintió el agua fría recorrerle el rostro. Más despejado, notó que aún en el baño seguía sin ver absolutamente nada, como si tuviese los párpados cerrados. Miró hacia donde sabía que estaba la claraboya, pero la negrura era absoluta (¿No tendría que venir algo de luz desde afuera?). Tanteó la pared, recta, esquina, recta, puerta. Volvió la mano por donde había venido, y la bajó instintivamente, adonde sabía      – sin saber que sabía – que estaba el interruptor.

Oyó el clic y entrecerró los ojos esperando el fuerte golpe de la luz, pero la negrura seguía siendo total. Esperó unos segundos, como no entendiendo, y volvió a poner el botón en “apagado”. Dos segundos más, e intentó encenderla nuevamente, pero con igual resultado: seguía totalmente ciego (mierda, se quemó el foquito).

Abandonó el baño, cerrando la puerta tras de él y dirigiéndose hacia el interruptor del comedor, tanteando mesada y pared. Luego de unos segundos, llegó y tocó el botón, pero lo único que cambió en la sala fue el “clic” que rompió el silencio, nada más (¿Yo pagué la luz este mes? Sí, sí, hace una semana). Alternó el interruptor una docena de veces, con frustración, e insultando mentalmente a la compañía de energía eléctrica por el mal servicio que le daban (puta madre, siempre pago en término, vos te atrasás y ya te cortan el servicio, pero cuando ellos te dejan sin luz está todo bien, claro, manga de hijos de mil put…). Tanteando y con las manos siempre adelante cual ciego primerizo, volvió a su cuarto, y pasó la mano por la mesa de luz hasta encontrar el celular; por lo menos podría usar la pantalla como linterna hasta buscar velas, o algo así.

Tocó la pantalla táctil, y está no respondió (¿Le cargué la batería? Sí, algo tiene que tener… roto no creo que esté, lo usé anoche…). Impaciente, tocó un par de veces más, casi clavándole el dedo, pero la pantalla no iluminaba absolutamente nada, y ni siquiera podía ver el celular. Hasta ese momento no se había dado cuenta, pero la oscuridad era tan espesa que no podía ver nada, pero literalmente nada. Colocó su mano a dos centímetros delante de sus ojos, y no podía verla. Nada, nada.

(Bueno, no pasa nada. Seguramente el despertador se adelantó y todavía es de noche, por eso no entra luz desde afuera. El celular seguramente está roto, y las luces seguramente no andan porque hubo un corte de luz… si, seguramente es eso. Ni siquiera puedo ver qué hora es en el reloj… esta oscuridad es demasiado… demasiado oscura.)

Kevin se sentó en la cama, mirando hacia adelante, pero sin ver nada en realidad. Siempre tanteando, buscó la tira que le permitiría abrir el postigo, para que entre algo de luz, que obviamente tendría que haber. Sintió el ruido del postigo subiendo, pero todo siguió igual de negro. Era, era imposible, siempre algo de luz hay en la calle, por mínima que sea. Sus pupilas estaban dilatadísimas, y podría detectar fácilmente hasta el más mínimo rayo de luz, por débil que fuese. Directamente, no había nada, nada de luz en absoluto.

Empezó a preocuparse. Instintivamente, se llevo los dedos hacia los ojos, los cerró y los tocó. Sí, seguían estando ahí, donde debían. Respiró hondo y trató de tranquilizarse, pero simplemente no podía: esta oscuridad no era nada natural, y realmente asustaba hasta la médula.

(¿¿Qué carajo está pasando?? Esto no está bien, no está nada bien. No puede ser que no entre luz de afuera… algo, algo tiene que entrar por poco que sea. Encima me siento un poco mal, no tengo que dejar que esto me afecte. Dentro de poco va a volver la luz y va a ser todo normal. Ah, claro, soy un idiota. Si hubo un corte de luz, y hoy hay luna nueva, es obvio que no va a entrar la luz de afuera. Pero, pero algo tendría que entrar, siempre un poquito hay, para por lo menos ver algo, por tenue que sea.)

Feliz Navidad!


| Feliz Navidad! a todos ustedes por parte de Terror Psicologico1 y Kevin Mendoza espero y se la pasen muy bien en estas fechas |

El regalo de Navidad



Las celebraciones Navideñas despiertan diferentes sentimientos e intereses en cada individuo, en este caso, para una familia entera, era la ocasión perfecta para estar juntos, habían sido desde siempre muy unidos y aunque no necesitaban pretextos para compartir experiencias, la navidad le daba un toque extra a todo el asunto de los momentos de calidad en compañía de la familia.

Conservaban una tradición muy arraigada, no invitaban a nadie a su celebración, era un evento estrictamente familiar. Cada quien preparaba un platillo, y le ayudaban a mamá con la cena principal, todos colocaban un adorno fabricado por ellos mismos en el árbol de Navidad, incluyendo en él un buen deseo para los demás.

Una vez lista la cena, se sentaban todos a la mesa, después de dar gracias, probaban cada uno de los platillos, haciendo bromas entre ellos por la manera de cocinar, recordaban ocasiones pasadas, entre risas y buenos ratos, acababan hasta con el último bocado.

Después de conversar un rato en la mesa, preparaban chocolate, y sentados junto al fuego de la chimenea alguien pasaba los buenos deseos colgados en el árbol al padre, que era el encargado de leerlos, después de leerlos los arrojaban al fuego, pues pensaban que el humo los llevaría hasta el cielo.

Lo siguiente en la lista era abrir los regalos, primero lo hacia el más pequeño, y así seguía hasta llegar con el padre que era el más grande, esa noche en especial notaron algo distinto, cuando habían dado todos sus regalos aun había uno debajo del árbol, nadie lo reconocía, pero estaba dirigido a ellos. Pensando que alguno de sus amigos lo había dejado cuando vino de visita, lo abrieron con gusto esperando una agradable sorpresa.

Cuando lo abrieron miraron extrañados, había dentro de la caja un cuchillo, un pedazo de metal cortado y afilado, un alambre y una nota que decía:

– Para los que están en la puerta –,

no tuvieron tiempo de reaccionar pues un escalofrió les recorrió el cuerpo cuando el timbre sonó.

Feliz Navidad!

¿Qué hace a un monstruo un monstruo? | Draw a monster. Why is it a monster?”


Por favor, no me preguntes en dónde trabajo. No te diré la escuela. No te diré la ciudad. Ni siquiera te diré el estado. Es mejor que no lo sepas.

Trabajo como oficial de policía del campus. «CamPo», como nos llaman los estudiantes. Y he visto cosas. Tú pensarías que es un trabajo fácil, cuidar a chicos blancos acomodados y privilegiados haciendo cosas de chicos blancos acomodados y privilegiados. Pero no lo es. Es aterrador. Y creo que eso es porque estuvimos condicionados a creer que los monstruos deben mostrarse a sí mismos. Que podemos distinguirlos de una multitud.

«Dibuja un monstruo. ¿Por qué es un monstruo?». Janice Lee dijo eso. Y esa es una pregunta válida. ¿Qué hace a un monstruo un monstruo? Estamos acostumbrados a categorizar a los monstruos como esas cosas deformadas y grotescas. Pero la verdad es que los monstruos reales no se ven así. Se ven como gente normal. Se ven como tu vecino, se ven como tu madre, se ven como tu padre. Y, a veces, se ven como chicos blancos acomodados y privilegiados.

Su nombre era Joshua Simmons. Ese no es un nombre falso. Sé que no es ético usar nombres reales en este tipo de cosas, pero él no se merece la cortesía del anonimato. No importa, de todos modos. No vas a encontrar nada en él. Sus padres se aseguraron de eso. Incluso después de todo, supongo que el dinero hace que el mundo se mueva, y el universo se lo comió. Pero estoy adelantándome.

Joshua Simmons se veía como alguien normal. Y para todos los efectos, eso es exactamente lo que era. Un hombre adulto joven de la variedad de fraternidades que pensaba que el mundo se trataba sobre él. Ya conoces ese tipo. Y eso es lo que opinaba sobre él, hasta que las chicas empezaron a entrar.

Habían demasiadas. Dios, habían tantas. Primero, segundo, tercer y cuarto año. Chicas que iban a esa escuela y chicas que no. Y todas ellas tenían dos cosas en común, y eso era que cada una tenía algo que les faltaba que se supone que debía estar ahí, algo desagradable pero importante, y que cada una de ellas estaba ahí para hablar de Joshua Simmons. Y tuve que escuchar cada una de sus historias, y tuve que tratar de decirles que a menos que estuvieran dispuestas a testificar, no haríamos ni una maldita cosa.

Creo que… creo que al principio no quería creer que era él. Que pudiera ser él, pudiera ser alguien que conocía, alguien que veía todos los días. No quería creer que él podía caminar sobre las escenas de sus crímenes como si nada estuviera mal, como si fuera otro día más. Quería pensar que era alguien más, un intruso, un desconocido o, si era un estudiante, uno de mis estudiantes; al menos que se sintieran culpables por eso. Que se los estaba comiendo la culpa. Que no pudieran ir a clase, que ni siquiera pudieran levantarse sin vomitar después de hacer algo así. Pero Joshua sí fue a clase, y lo hizo bien. Jugó en todos los partidos de fútbol del equipo. Fue a todas las fiestas. Siguió viviendo la vida como si nadie pudiera tocarlo. Y por un largo, largo tiempo, no pudimos.

Y luego Amy apareció. A diferencia de Joshua, Amy no es su verdadero nombre, y no te voy a decir cuál es. Es todo lo que pude hacer por ella, pero se merece ese poco.

Amy no era como las demás «No como las demás chicas»… es un dicho que nunca toleré. ¿Qué significa, «como las demás chicas»? No significa nada. Es un índice que usan los idiotas para describir a sus maníacas chicas mágicas. Pero cuando digo eso, no me refiero a que no fue como ninguna otra chica antes. Digo que no era como las chicas que vinieron después.

Había algo en ella que me ponía nervioso, hacía que se me pusieran los pelos de la nuca de punta. Algo peligroso en la forma en que veía a las personas, como si hubiera perdido todo y más. «Nunca pongas a alguien con la espalda contra la pared». Mi padre solía decir eso todo el tiempo. «Nunca pongas a alguien en la posición donde no tienen nada que perder y todo que ganar». No era la forma en que ella actuaba, exactamente. Si tuviera que resumirlo todo a una sola cosa, diría que eran sus ojos. Dicen que los ojos son la ventana del alma, y si eso es cierto, no sé qué diría sobre ella, porque sus ojos estaban muertos. Fríos y sin emoción y salvajes, como si pudiera arrancarte la garganta con sus dientes sin siquiera parpadear. Y la diferencia entre Amy y las demás chicas es que ella estaba lista para testificar.

El juicio fue en noviembre, justo antes del Día de Acción de Gracias, y recuerdo que no tenía nada para agradecer. No por estas chicas. Y Amy contó su historia. No lloró. Su voz no se estremeció. Ella ni siquiera miró a Joshua Simmons, sentándose tres metros lejos de ella, sonriendo como si supiera que era intocable. Ella contó su historia y el cuarto entero estaba en silencio. Y cuando terminó, se sentó ahí en silencio hasta que el abogado le hizo unas preguntas; e incluso esas las respondió tan calmada como era posible. Y cuando fue descartada y se fue a sentar, la audiencia entera comenzó a hablar en voz baja hasta que el juez pidió orden en la sala.

El resto del juicio fue un borrón. Sé que había testigos que estaban ahí para atestiguar la integridad de Joshua. Sé que sus amigos estaban ahí para excusarlo. Sé que Joshua Simmons se comportó tan arrogante como podía ser, y sé que quería usar la Biblia sobre la que él había jurado para aventársela a la cara convirtiéndola en una pulpa sangrienta. Pero no recuerdo las preguntas que hicieron, ni las respuestas que dieron. No recuerdo nada desde la mirada que Amy me dio luego de testificar. Después de eso, recuerdo haber esperado, sostenido mi respiración, rezado por que el juez tomara la decisión correcta. Recuerdo pensar que la verdad estaba justo ahí, tan cerca que genuinamente cualquier persona podría verla. ¿Cómo no podrían?

Joshua Simmons fue declarado inocente. Y en ese momento, lo supe. Supe lo que significaba para alguien estar sobre la ley. Supe lo que significaba para alguien ser intocable. Y quería matarlo. Quería estrangularlo, borrándole esa media sonrisa arrogante en su cara y hacerle entender lo que significaba tener miedo. Pero no lo hice. Porque soy un oficial de la ley y eso significa seguirla aunque no esté de acuerdo con ella. «Bueno —pensé—, hicimos lo que pudimos». Pero en realidad no creía eso, y no se sentía de verdad. Pero no había nada que pudiera hacer.

Y pensé que eso era todo hasta que recibí la llamada dos semanas después.

"El Suicidio de Opus"


El 23 de marzo de 1994 el médico forense examino el cuerpo de Ronald Opus y concluyó que murió de una herida de bala en la cabeza. El Sr. Opus había saltado desde lo alto de un edificio de diez pisos con la intención de suicidarse. Dejó una nota antes de lanzarse al vació, en la que indicaba sus razones. Durante la caída y pasando el noveno piso su vida se vio interrumpida por un disparo de escopeta que paso a través de una ventana y lo mató instantáneamente.

Ni el que disparó, ni el suicida eran cocientes de que una red de seguridad había sido instalada apenas en el piso ocho, con el fin de proteger a unos trabajadores de construcción y por lo tanto Ronald Opus no habría completado su suicidio, al menos de la forma que tenia pensado.

“Por lo general,” continuó el Dr. Mills, “una persona que pretende suicidarse y tiene éxito, a pesar de que el mecanismo podría no ser lo que tenía pensado, todavía se define suicidio.”
Que el Sr. Opus hubiera recibido un disparo camino a un suicidio que probablemente no tendría éxito, hizo que el medico forense dictaminara un homicidio. La habitación del noveno piso desde donde se disparó la escopeta había sido ocupada por un hombre mayor y su esposa. Mientras mantenían una fuerte discusión, él la amenazó con la escopeta. El hombre estaba tan disgustado que cuando apretó el gatillo, un montón de pellets atravesaron la ventana y se alojaron en la cabeza del Sr. Opus.

El Burdel de las Parafilias: Rompiendo el protocolo [Capítulo 2] (+18)

ADVERTENCIA: Lo Que Se Publica En Esta Pagina, Tiene El Fin De Entretenimiento.
La sigiente historia no se recomienda leer para personas moralistas o de mentes debiles.
Contiene descripciones graficas y sexuales, No nos hacemos responsables por daños mentales.
ATTE: Kevin Mendoza

Lolicon8: Sé de un lugar donde puedes cumplir tu fantasía.

Putrid-doll: ¿En serio? ¿Dónde?

Lolicon8: En el centro, es un burdel clandestino.

Putrid-doll: ¿Un burdel? ¿Y cuánto cobran? Sabes que aún dependo del dinero de mis padres.

Lolicon8: No te preocupes por el dinero, digamos que pagas en especie…

Putrid-doll: Eso no suena bien…

Lolicon8: ¿Qué tanto deseas hacerlo?

Putrid-doll: Touché, valdría la pena aunque terminara como la chica de réquiem por un sueño.

Lolicon8: Solo un consejo… excédete, desquita tu pago al máximo y no te arrepentirás.

Putrid-doll: Me conoces, sabes que lo haré, dame la dirección.

Se la escribió enseguida con una breve descripción del lugar y le indicó que preguntara por Liss. Tras pocos minutos de charla intrascendental sobre sus filias, ambos se desconectaron. El seudónimo «Putrid-doll» pertenece a Jennifer Díaz, una adolescente de quince años. Decir que es aficionada al gore sería poco, lo indicado sería decir que tiene una obsesión con él; está suscrita a cuantas páginas al respecto ha encontrado y no simplemente disfruta mirar personas cortadas en dos, decapitadas o con la materia gris fuera del cráneo, sino que le genera una seria excitación. Creyó que todo se limitaba al morbo, sin embargo, comprobó lo contrario durante una visita escolar a la morgue. Tras algunos minutos de contemplación de aquel cadáver masculino con los intestinos expuestos, tuvo que correr al baño a masturbarse para no saltar sobre él y su verdusco cuerpo.

Al leer las palabras de Lolicon8 (no tenía ni la más mínima idea de cuál era su nombre verdadero), supo que tendría que visitar aquel lugar esa misma noche. Guardó en su mochila una serie de artículos que pensó que podría utilizar: un atuendo de dominatrix, un par de botas de piel con plataforma alta y su amada catana sumamente afilada que su madre no consiguió prohibirle comprar. Esperó a que sus padres se durmieran y salió sigilosamente por la ventana, como tantas veces lo había hecho antes cuando deseaba irse de juerga sin su consentimiento.

Le resultó sencillo localizar el viejo edificio con la descripción de Lolicon8. Habló con la anciana, cruzó por el pasillo abandonado y descendió las escaleras, encontrándose con la orgía. Ya que no poseía una buena vista, se acercó a observar de cerca aquella masa gimiente. Penetraciones por aquí, lengüetazos por allá, sin duda resultaría excitante para un visitante común, pero era demasiado ordinario para su gusto.

Una atractiva joven de escasa vestimenta se acercó a ella con una charola repleta de dulces, lo cual le resultó bastante curioso en un lugar así; sin embargo, los dulces eran una de sus mayores debilidades.

—¿Qué tienen? —preguntó ella, suspicaz, asumiendo que tendrían alcohol o droga.

—Las paletas son de pene cubierto con chocolate, los caramelos de limón con relleno de ojo en el centro y los bombones tienen sesos —respondió la joven con total naturalidad. Jennifer pensó que bromeaba, pero no la cuestionó, tomó una paleta, varios dulces y algunos bombones; lo primero que comió fue la paleta, descubriendo que era real y la disfrutó como ninguna golosina en su vida.

Estaba tan absorta comiendo aquellos dulces caníbales que se había distraído por un momento de su propósito en ese lugar. Entonces apareció una mujer de al menos uno ochenta de alto, de cabello oscuro, figura esbelta y rasgos europeos que la regresó a su misión.

—Vaya, nunca había visto una mujer tan joven por aquí.

—¿Tú eres Liss? —preguntó Jennifer disimulando hábilmente lo intimidada que estaba por su estatura y su belleza.

—Exactamente, supongo que viniste a hablar de negocios —respondió, tras lo cual la condujo a su oficina.

—Tengo entendido que pueden cumplir cualquier parafilia.

—Así es, cualquiera en absoluto. Y ¿cuál es la parafilia de una jovencita como tú?

—¿Tiene a la mano una libreta para tomar notas?

—No es necesario, tengo una memoria excelente.

—Espero que así sea. Quiero seis personas: tres hombres, todos de más de metro ochenta, piel clara, cabello oscuro, penes mayores a dieciocho centímetros, delgados pero bastante fuertes, atractivos, masoquistas, de entre diecisiete y veinte años; y tres mujeres que no midan más de metro setenta, piel clara, delgadas, hermosas, igualmente masoquistas, entre catorce y diecisiete años, todos sumisos y desnudos. Necesito un cuarto con una tina amplia llena de sangre tibia, una cama grande, una silla ostentosa (de poder proporcionarme un trono sería excelente), unas cuerdas bastante resistentes y un juego de cuchillos afilados.

—¿Eso es todo? —preguntó Liss, ligeramente sorprendida por las exigencias de aquella joven. Jennifer respondió afirmativamente y su interlocutora le pasó dos catálogos, uno de mujeres y uno de hombres para que escogiera su harén. Los contempló un par de minutos y soltó un suspiro.

—Esto de los catálogos no me agrada, son solo fotografías y datos al azar. Preferiría escoger a mis chicos en persona —pronunció arrojándolos al escritorio de Liss.

—Tenemos alrededor de trecientos individuos que cumplen con tu descripción, ¿piensas verlos a todos? —Jennifer fantaseó un momento con encontrarse rodeada de una multitud de personas hermosas entre las cuales elegir, sin embargo, resultaba poco práctico y debía volver a su casa antes de que sus padres despertaran.

—Tráeme lo mejor que tengas, diez hombres y diez mujeres, tu mejor material.

—Puedo asegurarte que todo lo que tenemos es excelente «material» —dijo Liss acentuando burlonamente esa última palabra.

—Bien, entonces no te costará elegir veinte.

—Rob, trae a diez chicos del grupo AD201 y a diez chicas del grupo TD104, no mayores a un metro setenta… Sí, de inmediato… a mi oficina —telefoneó rápidamente—. Estarán aquí en cinco minutos —respondió ella amablemente.

—La persona que me recomendó este sitio me mencionó que cobraban en especie, de acuerdo a la fantasía a cumplir. En ese caso, ¿cuál será el precio por la mía?

—El precio nunca se menciona antes de cumplir sus peticiones, no queremos asustar a los clientes. Además, ¿no valdría cualquier precio cumplir tu fantasía?

—Está bien, no insistiré con eso, pero tengo otra pregunta: si nunca le cobran un centavo a sus clientes, ¿de dónde obtienen los recursos para seguir manteniendo el negocio?

—Aunque no lo parezca, este es un negocio bastante rentable, y tenemos muchas otras formas de sustentarnos.

Justo al terminar esa frase, apareció Rob con la ansiada petición de Jennifer. Liss tenía razón, todo era excelente material, tanto que Jennifer consideró por un momento cambiar su trato y conservarlos a todos. Sin embargo, la parte de la elección iba a disfrutarla también. Los observó a grandes rasgos y confirmó que todos entraban en su descripción.

—Me decepcionas, ¿cómo pretendes que los elija en estas condiciones? —dijo ante la sorpresa de Liss, quien no parecía entender a qué se refería—. ¡Están vestidos! No podría estar segura de hacer una buena elección de esta manera.

Ella le dio la razón y les ordenó que se desnudaran; todos obedecieron sin titubear. Jennifer los examinó atentamente, todos eran tan bellos y perfectos que tuvo que ir desechándolos por nimiedades, hasta que por fin se quedó con seis elegidos: Vanessa Aime, Daniel Cifer, Viri Luna, Sally Mayer, Said Barrera y Eduardo Flores. Se les ordenó que se retiraran y Jennifer lamentó esto, pero sabía que pronto serían suyos.

—Tendremos tu habitación dentro de una hora, te ofrecería unirte a la orgía que presenciaste al llegar, pero, dados tus gustos, me parece que la sala dos te resultará más interesante. Sígueme.

Liss la llevó a lo que parecía un club fetichista (aunque de haber sido un hombre mayor de inmediato lo habría tomado como un men’s club). Música electrónica hacía retumbar las paredes y del techo prendían un par de jaulas en las que bailaban mujeres que devoraban partes de cuerpos humanos, algunas personas se acercaban a ellas y eran salpicadas de sangre. Al fondo del lugar había un escenario, por lo cual Jennifer se imaginó que en algún momento habría música en vivo o algo similar.

—Hoy tenemos un buen show, disfrútalo —dijo Liss antes de retirarse.

No transcurrieron ni diez minutos antes de que en aquel escenario aparecieran tres mujeres en corsé y faldas diminutas: una pelirroja de cabello corto, bastante alta y voluptuosa que tenía un aire salvaje; una castaña de cabello largo de baja estatura, que expelía sensualidad por cada poro; y una rubia delgada y alta que emitía cierta timidez en sus movimientos. Las tres estaban contoneándose al ritmo de Thunderkiss 65 tan eróticamente que Jennifer no pudo evitar reaccionar como todos los presentes, y se acercó al escenario a mirarlas de cerca. Un insulso hombre, visiblemente alcoholizado, tocó descaradamente el trasero de la castaña, que intercambió sonrisas con las demás bailarinas y procedió a invitar a aquel hombre a subir al escenario, mostrándole una silla en él.